Languidezco frente al ordenador del trabajo...
Espero que se carguen los ficheros del último mail que envío antes de terminar mi jornada y no veo el momento de coger la puerta y salir, pizpireta, a la calle. A disfrutar de lo que queda de tarde.
Ésa es la ventaja de las tardes de verano. Que te dan mucha vidilla.
No falla. Repuntan los días bonitos de buen tiempo, de calorcito y me desdoblo: mi cuerpo serrano tiene que mantener y mantiene esas rutinas torturantes de todos los días (esos madrugones, ese enfrentarse a una agenda atiborrada de fechas, de plazos, ese torear los marrones que se anuncian con cada llamada de teléfono...) pero mi espíritu ya vuela libre, playero, ocioso... o, por lo menos, lo pretende.
Los días de verano me ponen de buen humor, incluso los días del mes de julio, que son días de mucho trabajo. Incluso aunque sean días de mucho trabajo con un caloret de aúpa en la gran ciudad.
Mi corazoncito se pone el biquini y ya le puedes echar prisas, plazos y problemas. Que él mantiene su sonrisa, inasequible al desaliento, fantaseando con tardes de arena y sol, con cervecitas heladas en un chiringuito playero, con descansos alegres en la escalinata de la plaza de una ciudad recién descubierta (qué me gustan a mí las plazas de adoquines), con sandalias, con piel bronceada, con vestidos frequitos, con terrazas nocturnas con olor a jazmín...
Ya queda poquito.
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